Los tres criterios de distribución equitativa de los bienes y derechos de los cónyuges en la jurisprudencia anglosajona.

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Autor: Adrián Arrébola Blanco, Profesor Ayudante Doctor de Derecho Civil, Universidad Complutense de Madrid.

El mundo anglosajón se ha caracterizado siempre por la inexistencia de un régimen económico-matrimonial como el de los sistemas continentales. Esta situación implica que lo adquirido por los cónyuges tanto antes como durante el matrimonio sigue perteneciéndoles a cada uno de ellos en exclusiva. Sin embargo, comoquiera que la división sexual del trabajo hacia de mejor condición a los “breadwinners” que a los “homemakers” bajo este sistema, el aumento de los divorcios que se experimentó en la sociedad inglesa a causa de su desculpabilización durante la segunda mitad del siglo pasado trajo consigo la adopción de medidas correctoras a través de un conjunto de poderes judiciales conocidos en el argot jurídico como “ancillary relief”. Ello autorizó a los jueces y tribunales para distribuir el patrimonio de los cónyuges en función de una serie de circunstancias contempladas en la ley cuya valoración se hacía depender de la libre discrecionalidad del juzgador. De este modo, muchas de sus resoluciones continuaron justificando una distribución desigual en perjuicio de los “homemakers” sobre el entendimiento de que su grado de contribución a la adquisición de los bienes y derechos del matrimonio resultaba inferior al de los “breadwinners”, hasta que finalmente se rompió con ello para imponer en su lugar la observación del llamado “yardstick of equality” a través del famoso caso White v White.

La distribución se haría de ahí en adelante mediante la previa ponderación de tres criterios que fueron posteriormente definidos por la jurisprudencia:

En primer lugar, el de “financial needs”, muy apegado si cabe al de mantenimiento que durante cierto tiempo operó en el pasado, en el sentido de que se dirige a satisfacer las necesidades de los cónyuges. Éstas son, sin embargo, no solo las existentes, sino también las futuras, siempre y cuando a su vez sean previsibles en función de las obligaciones y responsabilidades que les resulten imputables tanto al uno como al otro en el momento del divorcio. Para especificarlas, no obstante, han de valorarse circunstancias tales como los recursos económicos y capacidad adquisitiva, nivel de vida, edad y, en su caso, discapacidades, conforme a la ley. Pero, al margen de ello, no habiendo menores de edad a cargo de los mismos, ésta impuso a los jueces y tribunales la obligación de velar por un “clean break” mediante el que se consiguiera una independencia real y efectiva entre los consortes tras la disolución del matrimonio, a través de una reforma legislativa. En todo caso, evidentemente, será frecuente que la distribución del haber de los consortes se detenga en esta etapa por no disponer el matrimonio de la solvencia necesaria para poder juzgar más allá de sus propias necesidades:

“The first is financial needs […] The parties share the roles of money-earner, home-maker and child-carer. Mutual dependence begets mutual obligations of support. When the marriage ends fairness requires that the assets of the parties should be divided primarily so as to make provision for the parties’ housing and financial needs, taking into account a wide range of matters such as the parties’ ages, their future earning capacity, the family’s standard of living, and any disability of either party” (Miller v Miller; McFarlane v McFarlane [2006] UKHL 24 [10]-[11]).

“Thus the principle of need requires consideration of the financial needs, obligations and responsibilities of the parties […] of the standard of living enjoyed by the family before the breakdown of the marriage […] of the age of each party […] and of any physical or mental disability of either of them…” (Charman v Charman [2007] EWCA Civ 503 [70]).

“In most cases the search for fairness largely begins and ends at this stage. In most cases the available assets are insufficient to provide adequately for the needs of two homes. The court seeks to stretch modest finite resources so far as possible to meet the parties’ needs” (Miller v Miller; McFarlane v McFarlane [2006] UKHL 24 [12]).

En segundo lugar, el de “compensation”, de marcada naturaleza resarcitoria, en contemplación de las oportunidades profesionales o académicas perdidas a causa de una abnegada dedicación a lo doméstico por parte de cualquiera de los cónyuges constante el matrimonio. Esta división del trabajo, culturalmente construida además, en función del sexo de los contrayentes, supone en definitiva una incontestable fuente de necesidad para el que sacrifica su respectiva carrera académica o profesional y, con ello, su propia capacidad adquisitiva. Ésta es una realidad que compromete particularmente el porvenir de las mujeres y, aún más, si cabe, el de las que dan a luz durante el matrimonio y, desde entonces, se entregan al cuidado de los recién nacidos. Pero, incluso al margen de esta circunstancia, subyace también una amenaza para su desarrollo profesional o académico tras la generalizada asunción de la doble jornada a la que todavía asistimos. Por esta razón, en la práctica, no será extraño que esta etapa se confunda frecuentemente con la que le precede y sea, por ello, aconsejable, adoptar las precauciones oportunas para no incurrir en una duplicidad contable:

“Another strand, recognised more explicitly now than formerly, is compensation. This is aimed at redressing any significant prospective economic disparity between the parties arising from the way they conducted their marriage. For instance, the parties may have arranged their affairs in a way which has greatly advantaged the husband in terms of his earning capacity but left the wife severely handicapped so far as her own earning capacity is concerned. Then the wife suffers a double loss: a diminution in her earning capacity and the loss of a share in her husband’s enhanced income. This is often the case. Although less marked than in the past, women may still suffer a disproportionate financial loss on the breakdown of a marriage because of their traditional role as home-maker and child-carer” (Miller v Miller; McFarlane v McFarlane [2006] UKHL 24 [13]).

“The principle of compensation relates to prospective financial disadvantage which upon divorce some parties face as a result of decisions which they took for the benefit of the family during the marriage, for example in sacrificing or not pursuing a career…” (Charman v Charman [2007] EWCA Civ 503 [71]).

“Compensation and financial needs often overlap in practice, so double-counting has to be avoided […] The most common source of need is the presence of children, whose welfare is always the first consideration, or of other dependent relatives, such as elderly parents. But another source of need is having had to look after children or other family members in the past. Many parents have seriously compromised their ability to attain self-sufficiency as a result of past family responsibilities. Even if they do their best to re-enter the employment market, it will often be at a lesser level than before, and they will hardly ever be able to make up what they have lost in pension entitlements. A further source of need may be the way in which the parties chose to run their life together. Even dual career families are difficult to manage with completely equal opportunity for both. Compromises often have to be made by one so that the other can get ahead. All couples throughout their lives together have to make choices about who will do what, sometimes forced upon them by circumstances such as redundancy or low pay, sometimes freely made in the interests of them both. The needs generated by such choices are a perfectly sound rationale for adjusting the parties’ respective resources in compensation” (Miller v Miller; McFarlane v McFarlane [2006] UKHL 24 [15], [138]).

“There is increased recognition that, by being at home and having and looking after young children, a wife may lose for ever the opportunity to acquire and develop her own money-earning qualifications and skills” (White v White [2000] UKHL 54).

Y, en tercer y último lugar, el de “equal sharing”, cuya más honda inspiración se halla en la nueva concepción del matrimonio como una sociedad entre iguales, conducente a una distribución de bienes y derechos que no obedece a necesidad alguna sino únicamente a la equidad. Pero tras esta etapa surge el complejo interrogante acerca del orden en que deba procederse por parte del juzgador en la medida en que el “equal sharing” sería capaz de comprender tanto las “financial needs” como la “compensation”, así como la “compensation” podría hacerlo incluso con respecto a las “financial needs”, sin perjuicio además de que estas últimas quedaran absorbidas por el “equal sharing” cuando la “compensation” se valorase por separado, a raíz de lo cual se ha señalado que tal vez sean demasiados los conceptos que habrían de ponderar los jueces y tribunales. Ello condujo a la conclusión de que no era oportuno establecer una regla general e invariable para todos los casos enjuiciados sino más bien hacerlo depender de las circunstancias concretas que se den en cada divorcio en particular:

“A third strand is sharing. This ‘equal sharing’ principle derives from the basic concept of equality permeating a marriage as understood today. Marriage, it is often said, is a partnership of equals” (Miller v Miller; McFarlane v McFarlane [2006] UKHL 24 [16]).

“In these cases, should the parties’ financial needs and the requirements of compensation be met first, and the residue of the assets shared? Or should financial needs and compensation simply be subsumed into the equal division of all the assets? […] There can be no invariable rule on this […] Generally a convenient course might be for the court to consider first the requirements of compensation and then to give effect to the sharing entitlement. If this course is followed provision for the parties’ financial needs will be subsumed into the sharing entitlement. But there will be cases where this approach would not achieve a fair outcome overall. In some cases provision for the financial needs may be more fairly assessed first along with compensation and the sharing entitlement applied only to the residue of the assets […] Needless to say, it all depends upon the circumstances” (Miller v Miller; McFarlane v McFarlane [2006] UKHL 24 [28]-[29]).

“It is also clear that, when the result suggested by the needs principle is an award of property less than the result suggested by the sharing principle, the latter result should in principle prevail…” (Charman v Charman [2007] EWCA Civ 503 [73]).

“… there cannot be a hard and fast rule about whether one starts with equal sharing and departs if need or compensation supply a reason to do so, or whether one starts with need and compensation and shares the balance. Much will depend upon how far future income is to be shared as well as current assets” (Miller v Miller; McFarlane v McFarlane [2006] UKHL 24 [144]).

En definitiva, estos tres criterios invitan a ver a través de ellos la presencia de un auténtico régimen económico-matrimonial aun dentro de un sistema que siempre se ha caracterizado por apartarse a este respecto de los sistemas continentales, como es el anglosajón. Y es que, con el objeto de proceder a la distribución equitativa de los bienes y derechos de los cónyuges, el “ancillary relief” puede materializarse además tanto en la condena al pago de un crédito como en la atribución de titularidades reales de una manera que recuerda a la liquidación del régimen de participación en las ganancias o a la partición del de comunidad “diferida” de bienes, respectivamente. De hecho, ni siquiera todos los bienes y derechos de los cónyuges están potencialmente sujetos a su distribución en el momento del divorcio, sino solamente los que hubieran sido adquiridos durante el matrimonio por títulos distintos a los de donación o de sucesión por causa de muerte, a imagen y semejanza de lo previsto en tales regímenes económico-matrimoniales. Sin embargo, la transformación del sistema anglosajón en un auténtico régimen económico-matrimonial todavía no es lo bastante concluyente en tanto que permanece a la espera de que el legislador inglés tome de nuevo las riendas de la evolución del divorcio en un sentido o en otro, como recientemente ha tenido oportunidad de hacer a través del Divorce (Financial Provision) Bill 2019-21.

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